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Sueños de un gran bosque 

 

 

   fueue un día el bosque amado, pletórico de verde esmeralda y entramados follajes, quien acompañó solícito, con su aura de secular belleza – porque su hermosura era poética – el loco trasiego de las buenas almas que hollaron la tierra de sus antepasados. Se engalanaba de vistosos encajes, como para emular en magnificencia a su transparente vecino, el murmurante río, o a esas arrogantes y empenachadas formas caprichosas que eran las montañas.  Por las noches, su novia, que era la luna, se prolongaba hasta él en haces inverosímiles de luz que acariciaban sus formas con plateados murmullos acallados por la pasión; y de cada intersticio brillaba un suspiro de fina pedrería, como un guiño de brillante esperanza y la mejor sonrisa esbozada que caía en pedacitos llovidos de un brillante cielo.  Al despertarse, cada mañana, se aseaba con el rocío de los senos de la noche y luego resplandecía con las mil tonalidades que del sol le estaba dado.  En armonioso contraste, los azules del cielo cristalino y los dorados de sol, los verdes de fresca vida y los plateados de aljófar se conjugaban en una baturrillo embriagador que parecía brotar del vientre de la tierra y subir empapando cada rama, cada hoja y cada brizna de aire con su aliento telúrico; era una especie de soplo impetuoso que había estado germinando desde tiempos olvidados y que luego brotó como una neblina etérea de sabiduría.    

     Pero el hermoso bosque de antaño ya no existe o al menos ha perdido su esplendor y su filtro de magia…  Quizás sólo perdura el alma o la síntesis de su glorioso pasado – hoy ya inmerso en el olvido – ungida al viento, al polvo de la madre tierra y al brillo de la noche de las estrellas.    

     “No puedo comprender lo adverso de mi sino: Yo, que sólo otorgué alegría a las buenas almas que mi serena tierra pisaron, que mi mayor pecado fue cobijar a las pequeñas criaturas silvestres que me amaban, que tan sólo vida y copiosa belleza promulgué; jamás podría comprender la impiedad de los seres humanos, de su prolífica codicia y de su innata y arrogante capacidad para destruir todo aquello que, por caprichosa antítesis del destino, forma parte inherente de sus vidas.  ¿Dónde está ahora mi presencia…? ¡Parezco no existir, al menos a los ojos de quien aún me mira!  ¿Y mi verde lozanía de otros tiempos?  ¿Dónde estaba mi ninfa Hamadríade, que no me protegió?”

 

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

19/04/2011

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