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La visión de los dos búhos 

 

 

 

🦉

deciricen que al principio no había nada… Sólo dos viejos y sabios búhos que se miraban mutuamente sin atreverse a pronunciar palabra. Uno de ellos era dorado, como el fuego; el otro, plateado igual que un jirón de nube al alba. Se observaban, con ojos grandes y profundos, escudriñando los movimientos, los ademanes, hasta la respiración del oponente. Y así pasaba el tiempo, si es que el tiempo, por aquel entonces, existiera… porque nada había, nada importaba. Todo era insustancial, intangible, casi irreal.

Pero hubo un momento en que parecieron cansados. Quizá llevaran demasiado tiempo en aquella tesitura y necesitaban un respiro. Tal vez, cerrar los ojos y no mirarse, olvidar un momento aquella rivalidad tácita, pero agotadora; silenciosa, pero intimidante.

-¡Quiero hablar! ¡Ya llevo demasiado tiempo dentro de este endiablado silencio! -sentenció el búho dorado -. Es hora de medir nuestras palabras, si no tal vez enmohezcan y acaben pudriéndose.

-¡Uf!, menos mal que has hablado… ¡Estaba por sacarte los ojos si no lo hacías! –bramó el búho plateado. Pero después vino otro manchurrón de silencio y todo pareció impregnarse con su telaraña ahogadora. Nada hacía presagiar que, tras ese paréntesis, las cosas comenzarían a surgir…

-Ahora, que abandonamos el atontamiento en el que debimos haber nacido, deberíamos explicarnos –habló el búho dorado –.Y voy a hacerlo yo. Empezaré por contarte las maravillas que encierra el día: En el día luce el sol y todo se vislumbra gracias a su presencia. Pero también hay nubes y viento, hay agua que envuelve la tierra, en ríos y lagos, mares y océanos. Hay montañas, bosques y caminos que recorrer; y mariposas, hojas, hierba y otros animales que deambulan en ese gran día; lluvia, charcos dorados, insectos y, sobre todo, hay colores y aromas que dejan las flores en la tarde y la mañana de cualquier día soleado…

Y así quedó la cosa durante un breve rato.

-Tú me has hablado de la visión deslumbradora del día –Intervino entonces el búho plateado un tanto envalentonado -. Ahora voy a relatarte yo la fascinante y asombrosa visión de la noche: Has de saber que el misterio y la magia descuellan en el teatro nocturno. Y esos bosques, ríos, lagos y caminos que de buenas has mencionado, en la noche adquieren otro sentido; ya sabes que viene la luna y nos sonríe, nos alumbra y acompaña a beber del rocío de una noche plateada en la que cantan los grillos y rumorean melancólicas las cascadas. Después de un día soleado viene una noche de reflexión en la que pueden observarse las estrellas, que son nuestras compañeras, como miradas brillantes, dulces y hechiceras del halo que nos llega soplado desde un cielo profundo y lejano.

Y los dos búhos se miraban a los ojos, grandes y profundos, que parecían encerrar la esencia de lo que estaban exponiendo.

-Creo que el día será maravilloso –dijo luego el búho dorado-. Y en él todo sucederá, como si en un lienzo gigante, el pintor fuese dado pinceladas, trazos y, bosquejando siluetas, sombreando y clareciendo la vida que de su mano va surgiendo. Luego vienen las sensaciones, que sólo ocurren cuando la vida se expande y se diversifica; pues la vida ruge, empapa, abraza, se bebe como si fuese un néctar que emborracha… y, al final, recordaremos esas sensaciones como si nos las grabaran a fuego vivo en la memoria. Sí, el día será lo más grande en la existencia.

Y se quedó mirando, desafiante, al búho plateado.

-¡De eso nada! Lo más grandioso será la noche: Su misterio, su embrujo, la magia que perla con sus matices todos los acontecimientos. No será sino la noche quien bucee en tus sueños rescatando de ellos todo lo que luego serás en la vida. En la noche nos fusionamos con el contorno y somos como una silueta de luz de luna que va flotando por todos lados. Y luego relataremos bonitas historias a nuestros amigos al lado de una hoguera chispeante, que nos reflejará en la frente el rojizo color de la emoción mientras vamos entrando en detalle. Todo eso es magia, y serán los mejores recuerdos que abriguemos en el futuro.

El búho dorado sonrió y luego devolvió la mirada a su interlocutor:

-¿Sabes lo que creo? Pienso que tanto el día como la noche son dos cosas complementarias: para que una resalte y sea buena, la otra le ha tenido que allanar el camino.

-Eso ya lo pensaba yo –habló el búho plateado.

-Entonces, ¿qué hacemos? ¿Volvemos a callarnos y a mendigar en el silencio otra eternidad?

-No. Vamos a vivir tanto el día como la noche, adaptándonos a su entorno, a su luz u oscuridad y, simplemente, seremos dos almas que vuelan por el mundo dejándose llevar por el viento y no luchar, en cambio, contra la corriente de nuestros devaneos.

-Así es –dijo el búho dorado -.Y cuando hayamos muerto, aquí quedará la esencia, el trabajo; quedará en alguien o en algo el recuerdo de que aquí hemos estado. Quizás nuestro pensamiento, la doctrina o filosofía que hemos divulgado también perdure grabada en las piedras, en el agua de los arroyos, en los árboles del bosque, y así será tanto en el día como en la noche del tiempo venidero.

-Bien. Entonces, ¡levantemos el vuelo y dejémonos llevar!

Y tras las palabras del búho plateado se oyó el ulular de los dos animales en el cielo de la tarde, y unas siluetas marcharon volando lejos hacia el horizonte de colores de oro y plata, entre el día y la noche. Las sombras comenzaban a estirarse y avanzar, pero los colores aún conservaban sus matices diurnos. Si, el bosque vivía y bullía tanto de noche como de día.  

 

 

Autor: J. Francisco Mielgo

07/07/2016 

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