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Las apariencias no siempre delatan 

 

 

  seé que soy un nómada errante, y sé que soy aquel quien se pierde en las sombras de la noche y la noche es su mayor amor y el amor es la mayor desventura de no tenerlo y de estar siempre en algún oscuro lugar, en esos territorios donde nunca un rayo de luz viene a presentarme ante el resplandor que hace volver las miradas, ya que sólo la indiferencia me hace pasar desapercibido mientras voy caminando, mientras que a mi espalda voy dejando los caminos ya trazados. Sé que también soy, aunque no lo parezca, el hijo del sol y, por supuesto, de la preñada luna nocturna; que mi manta es de viento frío y mi colchón de dura piedra. Los perros me ladran, la gente de mi se arredra; vuelvo a olvidarme de la vida y de nuevo me convierto en gris tierra. Sí, soy el más longevo de todos los viajeros, y, de todos ellos, el más olvidado, la negra tinta que siempre queda en el tintero. Y sé que no he de saltarme las leyes de la apariencia, aunque me lleve a cuestas la miseria y las más pesadas cargas del mundo.

   Tengo mi hoguera lejos, en la orilla de un río, o tal vez la haya cambiado y esté ahora junto a un árbol, que me brinda compañía o, con suerte, bajo un puente de piedra. Y ahora, que me paro a pensar, ¡qué afortunado soy! Ya sé que parece lo contrario, pero creo que pocos pueden verse a sí mismos y contemplar su aura en simbiosis con el universo. Creo que aunque esta misma noche muriera, mi alma dejaría de ser lo errante que mi cuerpo ha sido para quedarse aquí, justo aquí, donde convergen los sentimientos nobles y también todos los odios del mundo y así me volviera raíz con elevadas ramas azules, que asimismo me convirtiera en cauce sinuoso, en la balanza del justo equilibrio, en la hermosa naturaleza que a todos sus hijos amamanta con sus grandes ubres o quizá en la sensible guía que sabe enderezar los desbarros, sabré que puedo ser ese largo puente entre este planeta de los despropósitos y el extraordinario equilibrio de las estrellas. Pues, de todos los caminos trazados que el destino puede tomar, está paralelo al mío, en el incierto cruce de las apariencias.

 

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

18/07/2010

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