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En esta vida 

 

 

    losos dulces rayos del viejo sol calentaron su débil cuerpo, un cuerpo enervado por el frío de un corazón demasiado cálido.  Fue en aquélla lejana primavera cuando él comenzó a despertar de su letargo ancestral y volvió a comprender las cosas que le rodeaban.  Regresó de las simas del silencio y de la oscuridad profunda para poder apreciar la sutil quintaesencia de la suerte de aquella visión.  Y, encandilado por el esplendor de la vida, se dejó hacer de los elementos, que moldearon su cuerpo y amansaron sus sentimientos.

      Una mañana gris, de gris rocoso, de un invierno inesperado, él dejó de lado su existencia y se fue al lugar de donde vino: la nada…  Pero el principio vital de su espíritu quedó hendido allí, donde nació, en un epitafio indeleble: “Yo, que me parió mi madre la tierra y amamantó mi hambre la lluvia, que el viejo sol me hizo crecer y las estrellas me dieron la sabiduría de los siglos, he partido hacia la senda de lo desconocido.  Mas yo sigo vuestros pasos y comprenderé todo aquello que me pidáis que comprenda por rayano que esté a la locura, porque sigo siendo, por mor del destino, el Vagabundo de la Existencia”.

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

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