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El invisible árbol del alma 

 

 

   hoyoy he vuelto a soñar con la misma fuerza que lo hice en el pasado; hoy he vuelto a pensar en ti. He visitado las nubes y contemplado sus formas encaprichadas; he sorbido el viento, que me ha vuelto diáfano como un obstinado pensamiento; he sido agua rugiente en cascadas de felicidad y también he observado el cielo azul del que te estaré hablando por tiempo inmemorable, con sus tintineos en mis oídos, como si fuera esa música matinal entonada por miles de coloridos pajarillos mientras el silencio que emana de ti me parece que se va acercando a la orilla, a la esencia de lo vivido. Tal vez ese trébol de cuatro hojas que nunca encontramos esté prendido en la inconstancia del verde y reluciente prado de mis escondidos sentidos. Sí, creo que voy a ser de nuevo viajero en el viento, ¡que me lleve lejos, pero nunca al olvido! Así, en ese proceloso recuerdo, te esperaré: en la fragancia de las flores, como diluido en la armonía de sus colores; acaso en el capricho de una noche estrellada, de ceremoniosos deseos así como de relucientes miradas y con los ojos del destino puestos en mi efímera presencia, que ora es dulce locura, ora una sensación amarga.

   Cortaré los hilos del destino con la fuerza de mi espada y luego escribiré lo ocurrido con la pluma temblorosa que cuenta y cuenta palabras hasta agotarse las horas y quebrarse las miradas en la lectura espaciada hasta ya rayada el alba. Entonces, mientras tiembla la vista reflejada en las aguas, las ondas de la felicidad emanan de ese estanque de los sueños ancestrales que también se forjó con palabras. ¡Mil bellas palabras enfrascadas en la mente del poeta, caminante errabundo de los caminos del alma! Descenderé de los rayos del sol cada mañana y me arrimaré al verde de las praderas, fluiré como un torrente encantado mientras recorro las venas de los brazos de la tierra que me abraza; y sólo sé respirar para darte hálito a tu existencia mientras sueñas con estar apegada como una hija a la madre que la amamanta.

   Desde la lejanía, tras ese horizonte abigarrado de incertidumbres alejadas, vuelvo a elevar las sensaciones que nos precedieron y las que aún  están lejanas, para decirte cuánto te quiero aunque no puedas verme o localizarme y aunque no puedas amarme u odiarme, te diré que así te siento como tú también debieras notar mi presencia en ese instante dubitativo que todos alguna vez hemos notado, en el anhelo suspirado que inconscientemente también hemos exhalado, o tal vez en el mágico instante en el que confluyen en conjunto todas esas sensaciones, y que te harán mantenerte serena, valerosa y esperanzada para ir hacia delante, para que camines con rumbo por los ocultos senderos del agua como una ninfa encaprichada de cada flor y cada hoja, pendiente de las grandes ramas del invisible árbol del alma.   

 

 

 

 

 

 

Autor: J. Francisco Mielgo

03/05/2011

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