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El espantapájaros y los cuervos 

 

 

El espantapájaros    hayay personas fuertes en todos los sentidos de la palabra. Hay personas con un férreo carácter que son súper decididas, luchadoras e imparables. Suelen ser ágiles de mente y lúcidas en sus resoluciones; son enérgicas y parecen incansables, sagaces y resueltas. Son capaces de hacer lo que sea… ¡si se lo proponen!

   Así era esta mujer llamada Elisabel, de peregrina belleza e inteligente como pocas. Cursó estudios de Derecho que luego abandonó sin acabarlos para irse a estudiar Periodismo, cansándose de ello a los dos años por su extraordinaria inquietud e impenitente imaginación. Se desentendió de todo lo urbano y se fue al campo, a algún apartado lugar con el propósito de escribir un libro y centrar un poco sus bulliciosas ideas.

   Pero… ¿qué le pasó a Elisabel para que abandonara toda vinculación con el mundo de la personas? Nunca supe el lugar exacto de su retiro. Si sé, en cambio, que jamás escribió el libro porque se obsesionó con una cuestión crucial: Ya no quería ser abogada o periodista, ni siquiera ganarse la vida como escritora; su afán se centró en aprender un oficio de lo más singular, aunque muy literario, eso sí:

   ¡Quería ser espantapájaros!

   ¡Oh…! ¡Cómo se le había podido pasar eso por la cabeza! ¡Dios mío! ¡Era una locura! ¿O no…? No, tal vez no fuera una locura, ¡o quizá no una simple locura! ¿Qué pasa, que una no puede hacer alguna excentricidad de vez en cuando sin que la tachen de bicho raro?

   Sin embargo… ¿cómo se convertía una chica como ella en un perfecto y genuino espantapájaros? ¿Qué arcanos debería consultar? ¿En qué mamotretos, legajos, papiros o panfletos se ocultaría el misterio? ¿A qué pitonisa, brujo adivino u oráculo debería consultar? ¡Todo era un proceloso mar de líos! ¿Se estaría trastornando? Seguro…

   << Nunca he presumido de ser buena costurera, pero lo soy » -se dijo para sí, mientras examinaba el auténtico disfraz de espantapájaros que había confeccionado. Además de sentarle bien, la metamorfosis era casi completa: no parecía ni remotamente ella misma, a excepción de la cara, que no podía trocar en la de un espantapájaros por mucho empeño de maquillaje que se diera. Sin embargo, el tiempo la ayudaría a ello, pues pasó muchos días encaramada a una cruz de madera en la intersección de un gran maizal con un campo en barbecho. Allí, día tras día, el sol y los elementos atmosféricos fueron modelando no sólo su cuerpo sino su cara, que se fue secando, arrugando hasta acartonarse y quedar convertida en un ser irreal y propio de un cuento. Ahora el cambio era absoluto, la quimera se había hecho realidad: ¡Era un espantapájaros viviente!, capaz de moverse y espantar con absoluto desparpajo. Lo peor de todo era haber pedido su hermosura. Eso, por supuesto, la preocupó al principio, después se fue acostumbrando. Ahora lo importante era centrarse en su trabajo y espantar bien.

   Y así ocurrió ciertamente, al menos durante un tiempo, después la cosa vino a menos y los pájaros comenzaron a burlar su potestad y, como auténticos fanfarrones, osaron subirse encima de ella. ¡Dios mío, qué descaro! ¡Vaya pajaritos, el morro que le echaban al asunto! Claro que también traían consigo la alegría, transformada en una lluvia de cantos y gorjeos. Cada día venían más y más y era como si la alegría de esas aves se fuera multiplicando. Algunos   de ellos le traían presentes, como una ramita de olivo, unas moras o anillo muy brillante que no sé dónde demonios habrían encontrado; unas fresas, arándanos y frambuesas completaban los presentes. Elisabel les agradecía y comía la fruta, guardando el resto de las cosas. Era increíble la cantidad de pájaros que llegaban hasta allí. Pudiera decirse que sería imposible que quedase uno solo en alguna otra parte del mundo que no fuera a su lado. Así que lo imposible se había hecho realidad y ella era un pintoresco espantapájaros, que en el aprendizaje de dicho oficio algo había fallado, pues en vez de espantar los pájaros los atraía como un imán al hierro. Así sería difícil que alguien la contratase, al menos como espantapájaros.

   A veces, Elisabel se cansaba de tanta algarabía, de tanto lisonjeo canoro y de interminables y repetitivos gorjeos e intentaba espantar a las aves con grandes y convulsivos aspavientos y extraños ruidos que profería. Los pájaros, a lo sumo, daban unas vueltas en derredor y volvían al cabo de un par de minutos. ¡Eran imposibles! Tenía que resignarse y ser presa de los acontecimientos. Debería integrarse en el paisaje, en la sincronía de aquellos campos de ensueño, sembrados más que de frutos, de un incontable número de aves.

   Así fue pasando el tiempo, bullicioso y lento hasta la llegada de un día de riguroso calor de mediados de julio, cuando todos los pájaros que rodeaban a su “Reina Espantapájaros” dormitaban o descansaban felices a la sombra de unas encinas cercanas. Y, como un extraño soplo de aire enrarecido nos hace estremecer, de improvisto, la negra presencia de un cuervo surgió de la nada como llegado por arte de birlibirloque, impregnado el lugar de un inquietante y estremecedor recelo.           

    El ave, negra como las mismas entrañas del infierno, revoloteó unos instantes en círculo y, del recelo, los pájaros pasaron a la inquietud. Después se posó sobre las peladas ramas de un roble moribundo que distaba sólo unos pasos del espantapájaros. Allí esperó un rato, observando lo concurrido que estaba el ambiente en las lindes del maizal. Miraba a la chica con descaro, casi con obscenidad, si eso pudiera darse en un pájaro. La inquietud entre las aves allí congregadas iba en aumento y podía haber acontecido en cualquier momento una explosiva estampida de no ser que el cuervo, inopinadamente, elevó el vuelo y se fue como si hubiera encontrado un agujero en el aire y se hubiera fugado por él, de repente, ¡flap! Y desapareció como por encanto.

   Era misteriosa la mala sombra de los cuervos, su lugar de procedencia y la mano etérea y caprichosa que los volvió negros.

   El espantapájaros respiró con alivio. Los pájaros también se alegraron lo indecible al ver desaparecer al cuervo, recuperando con ello la alegría cantarina, que se prolongó hasta la llegada de la noche. Y al día siguiente también amanecieron cantando y lo hicieron largo rato, hasta la llegada nuevamente del cuervo, que vino acompañado por varios más de su oscuro linaje, volviendo a insuflar la confusión y el miedo en el ambiente del maizal.

   Una vez que ojearon el lugar se posaron en el roble muerto, ya que era el sitio que mejor les quedaba, realzando sus siluetas de negro carbón sobre el azul del cielo. Los pájaros, excediendo el aguante a que estaban sometidos, izaron el vuelo y se fueron.

   Después de un rato, que pareció más bien una eternidad, los cuervos, sin mediar en nada más que en su mera presencia allí, decidieron que ya habían visto bastante y se fueron; al poco tiempo, los pájaros miedosos volvieron en gran bandada. La cosa pareció volver a la normalidad hasta la llegada del nuevo día en que regresaron muchos más de lo previsto y más alborotadores que en días precedentes, con lo que otra vez los aterrados pájaros se largaron para ya no volver más. Lo peor de todo vendría al cuarto día en el que aparecieron cien, doscientos… Quizá trescientos o más de estas horribles aves, chirriando como bisagras oxidadas, escupiendo a todas partes como sólo los cuervos lo saben hacer. Y en seguida se hicieron dueños y señores de aquel paraje, que fue cubriéndose de negros aleteos y graznidos escalofriantes.                                                                           El espantapájaros y un cuervo

   La mujer espantapájaros estaba sin cuerda, paralizada, horrorizada, amén de soportar una repugnante vestimenta de escupitajos de cuervo, regalo de aquella invasión. Temblaba toda ella. ¡Qué asco! Si hubiera podido marcharse lo hubiera hecho; pero las leyes de los espantapájaros le impedían moverse de su sitio mientras en el cielo alumbrara el sol. Bien es sabido que los espantapájaros sólo pueden moverse a voluntad por las noches, y procurando soslayar la presencia de los humanos. Al llegar de nuevo el día, todo espantapájaros noctámbulo y aventurero debe regresar a su puesto. Así eran las leyes, así las había aprendido, aunque sin saber muy bien cómo lo había hecho; sin embargo, rondaban muy claras por su cabeza. Así pues tenía que resignarse en ser prisionera de aquella cruz y a merced de aquellos pajarracos insidiosos.

   Y así era…

   Los cuervos, cansados de tanto alborotar, se posaron en enorme rosario negro, por las muchas ramas del árbol fantasmagórico. Allí parecieron sosegarse un poco; se embutieron en el silencio por un rato, un silencio que fue ensanchándose, abarcándolo todo hasta hacerse tan denso que se podía sentir en la piel y oírse más que el propio corazón de la chica, que latía enloquecido. Cientos de ojos la acribillaron, brillantes y escrutadores, hurgando todo su menudo cuerpo.

   En aquél inexplicable instante, uno de ellos rompió el silencio:

   -¡Mirad, chicos, una mujer que se ha hecho espantapájaros! –y, con una sonrisa, apostilló -: Un trabajo bien remunerado, ¿no?

   -Ja ja ja –rieron todos la gracia.

   -¡Eres fea, mujer espantapájaros! –observó otro de ellos.

   -Chicos, chicos, no seáis groseros con una dama –terció el primero que había hablado y que parecía el líder del grupo -. Aunque resulte que esta “damita” es más parecida a un tronco de árbol que el propio tronco, ja ja.

   -Sí, ¡está más seca que un pedo de lobo a pleno sol! –habló uno que tenía manchas blancas en la cabeza.

   Y todos a reírse de nuevo. Parecían estar muy ocurrentes y chistosos

   A la pobre Elisabel le brillaban los ojos como si comenzaran a manar en ellos el agua de los sentimientos, que son las lágrimas, por sus mejillas resecas y sedientas.

   Uno de los cuervos reparó en ello:

   -Pobre… ¡Si aún tiene llanto…! –y luego, con furia, le espetó -: ¡Llora, cerda, llora y no nos fastidies más con tus grandezas!

   -¡Oh, Reina de los Pájaros!, tened a bien que vuestros súbditos sean agasajados por la fidelidad y sumisión que os mostramos en este día y en otros que han de venir –terció el de la manchas blancas con toda la burla con que era posible escupir aquellas palabras.

   Elisabel aparcó a un lado el temor y las lágrimas y fue desbordada por una explosión de cólera. Se enfrentó a los cuervos con el arrojo y la valentía que pudo arrebañar de su pequeño y cansado cuerpo.

   -¡Sois unos asquerosos cerdos! ¡Vuestra lengua está tan sucia como el resto inmundo de vuestro cuerpo!

   El líder de la banda dio un salto de una rama a otra que estaba más cercana al espantapájaros y, altanero, le espetó:

   -Somos cuervos, querida, y, como tales, mal hablados.

   -¡Sí, vieja rellena de paja! Somos negros y desaliñados y nuestra boca echa las peores pestes –barbotó otro de los cuervos -¡Y a quien nos ofende le sacamos los ojos!

   Acabada la advertencia, el espantapájaros no supo muy bien qué pasó cuando sintió un fortísimo golpe en el ojo izquierdo, seguido de un terrible dolor y un escozor que le abrasaba. Después, y por su único ojo sano, vio a los repugnantes cuervos, que se apreciaban alborotados y contentos.

   Durante un rato sucedió algo que ponía los pelos de punta: se pasaban el ojo del espantapájaros de uno a otro como si fuera un macabro trofeo conquistado, hasta que el jefe, cansado de tanto juego, se lo tragó, como si se tratara de un simple y viscoso gusano.

   -Un poco insípido, diría yo. Al menos así no lloriquearás más por él.

   Y dicho esto levantó el vuelo y el grupo le siguió, armando gresca los unos con los otros y graznando triunfantes.

 

*           *           *

 

   ¿Qué podría ser mayor dolor, el físico o el vejatorio? La cuenca vacía del ojo que le habían arrancado le dolía; pero no tanto como nos podemos imaginar, puesto que Elisabel ya no era una mujer normal sino un poco persona y un mucho espantapájaros, algo de ser humano y bastante de fantasía. Lo que más le dolía, con mucho, era el oprobio que había sufrido, que esas hediondas criaturas hubieran atemorizado a sus amigos los pájaros y los hicieran huir y ahora ellos eran los dueños arrogantes de aquellas tierras.

   Elisabel pensaba en esto mientras caminaba despacio hacia un estanque natural no muy lejos de allí. En su camino la acompañaba la luna llena, que aquella noche parecía derramar su luz más hechicera y mágica. La luna iba tras el espantapájaros como si le gustase compartir sus pesares y sus miedos.

   El agua fresca pareció serenarla un poco. Se lavó la cara y la cuenca vacía del ojo, que ya no le dolía, estaba cicatrizada por completo. Así eran los poderes que la conversión a espantapájaros había hecho florecer en sus entrañas. Pero ella removía una y otra vez el agua del estanque y la luna bailaba sobre ellas al compás de las ondas que sus manos iban dejando. Este hecho banal, sin embargo, la agradó muchísimo e incluso se dio a sonreír y, con su único cojo, se vio reflejada en el agua. Por un momento no pudo reconocerse; era como si otra persona, vieja y decrépita se estuviera asomando al estanque.

   << Gracias, luna –pensó con tristeza -… ¡pues con tu luz me has mostrado como soy! Tenía razón el repugnante cuervo aquel: ¡Soy fea como una arpía! ». Había perdido aquella belleza limpia que siempre tuvo, hasta que se convirtió en… ¡aquella mierda! Sin embargo, así lo había querido. Siempre había luchado por convertirse en ser fantástico, en un ser mágico y literario. Ya lo había conseguido, de nada servía lamentarse ahora.

   Volvió a mirarse en el agua. Ahora parecía estar más serena. De pronto recordó con repugnancia el “regalito” con que los cuervos la habían obsequiado y, movida por un acto reflejo, fue a quitarse las ropas par lavar la asquerosa saliva de cuervo. Pero la ropa no sólo estaba seca sino ya limpia: El remiendo mágico del traje de espantapájaros de Elisabel había actuado en cuanto llegó la noche, que es, como ya dije antes, cuando los poderes en los espantapájaros se desatan.

   ¿Que qué es un remiendo mágico? Pues ahora sé que es un remiendo hecho con tela orgánica que sastres esotéricos fabrican por encargo para espantapájaros y demás seres fantásticos, y luego son cosidos con hilos de plata por los duendes del Alba, que se dedican a ello. Estos hilos de plata son hilados por la Luna entre las ramas de ciertos árboles. Son similares a los hilos de telaraña, pero muchísimo más fuertes. Cuando se dispone ya del remiendo y de los hilos, la cuestión del buen o mal remiendo está en la profesionalidad del duende remendón, que como ya dije antes, los más reputados son los duendes del Alba y los del Crepúsculo. Llegados a este punto sabemos que un remiendo mágico bien hecho no sólo elimina en un santiamén cualquier rasgón en la ropa sino que desvanece una mancha, puede coser por sí mismo cualquier deshilachadura, avivar los colores desvaídos, lavar la vestimenta, etc. Las aplicaciones son muchas y las realiza en un relámpago de tiempo, ya que es capaz de moverse y de infiltrarse a través de los tejidos, de cambiar de pantalón a chaqueta o viceversa, es capaz de alargarse o estrecharse, de fundirse y recomponerse; más que un remiendo parece un ser vivo.

   Una ranita cantarina cesó un momento su alargada serenata en una de las orillas del estanque y saludó a la chica:

   -¿Qué tal te va, espantapájaros? Hacía unos días que no venías por la charca.

   Elisabel salió del estado catatónico que parecía poseer y miró a su amiguita la rana.

   -Estoy bien… Bueno, casi.

   Y entonces fue cuando la rana reparó en la vieja y arrugada carita de la mujer.

   -Espantapájaros, ¡te falta un ojo!

   -Sí; ¡han sido los malditos cuervos!

   La rana estaba espantada y ya no croaba más. ¡Qué tristeza! ¿Cómo era posible hacerle algo tan cruel a alguien tan bueno como el espantapájaros? Esos cuervos deberían tener un buen castigo por ello.                        Una rana

   -Si yo pudiera hacer algo, espantapájaros… Pero sólo soy una ranita, aunque con muy buenos contactos, eso sí; haré lo que pueda y pronto sabrás si mis movimientos han dado su fruto.

   -Gracias, amiga rana –se despidió Elisabel, mientras se alejaba a pequeños pasos del estanque.

   << ¡Oh, luna grande y silenciosa, ojo luciente de la misteriosa noche, que a todos nos velas en tus desvelos! ¡Cuántas noches te he mirado y ahora casi no te veo! Y te miro con un solo ojo, lloroso y lastimado. Hay injusticias y agravios y dolores que es mejor no pasarlos, pero que nos abrazan para hacernos suyos. ¡Oh, Luna, que me has dado ilusiones y me has llenado de magia!: has de saber que marcho siendo la misma, sólo un poco más dolida y sin manchas, mancillada », se dijo para sus adentros, mientras miraba su brillante redondez en el cielo nocturno, y caminaba hacia su particular cruz.

   Al día siguiente tuvo suerte y los cuervos no vinieron. Seguro que era un regalo de Dios que, habiéndose percatado de lo ocurrido, intentaba enmendar la injusticia realizada. Y lo cierto es que ni al segundo, tercero, cuarto ni quinto día los cuervos se dejaron ver por allí. Los diabólicos seres parecían haberse esfumado y, a hurtadillas, su mente comenzó a hacerse ilusiones de que quizá se olvidaran de ella y no regresaran más. Incluso le pareció ver un ruiseñor volando cerca; aunque esto no podría jurarlo, no lo había visto bien, ¡con un sólo ojo…!

   Pero tal vez a Dios no le gustaba actuar sobre las cosas mundanas, al menos no como a ella le pudiera parecer y con toda probabilidad dejaría que actuaran las cosas por sí mismas. Al sexto día, el maizal que Elisabel tenía enfrente se ensombreció por una inmensa y multiforme masa negra que venía desplazándose en el aire: eran los cuervos, que regresaban a cientos. Toda rama que se tenía en pie comenzó a soportar el peso de un cuervo, inundándolo todo con su presencia.

   El espantapájaros quedó horrorizado: Allí estaba de nuevo materializada la pesadilla.

   -¡Hola, cariño! ¿Nos has echado de menos? –preguntó uno de ellos, sarnoso, enfermizo, casi desplumado.

   -¡Se necesita ser estúpida para estar ahí todo el día, mirando las musarañas! Ni siquiera puede esconderse de nosotros –graznó otro de ellos.       -A ver, pelleja, ¿qué pretendes espantar ahí, clavada en esa estaca? –intervino el jefe -. ¿Acaso quieres espantarnos a nosotros, que jamás seremos espantables…? No hay nadie en este mundo que lograse nunca tal hazaña, ¿sabes?

   -Se te curan muy rápido las heridas, ¡asquerosa! Eres harta arrogante, aunque te falte un ojo –silbó el cuervo desplumado.

   -¡Habrá que mancillarla un poco más! –gritó otro desde alguna parte del maizal.

   -Eso; ¡mancillémosla! –gritaron a coro.

   A la sazón levantaron el vuelo y volaron sobre ella, defecando con ganas, cubriéndola de excrementos. Hecho esto marcharon riendo y graznando como enloquecidos.

   -Ahora ya tiene menos petulancia –observó uno de ellos mientras se alejaba -. O, por lo menos, la tiene tapada, ja ja ja.

 

 

*        *        *

 

 

   Había sido insoportable aguantar todo el día allí, sin poder moverse y con aquel pestilente olor a detritus de cuervo. Pero gracias a Dios la noche llegó y pudo desasirse de su cruz de espantapájaros y marchar a lavarse al estanque, pues aunque el remiendo mágico se encargaba de comerse la porquería del traje e incluso de su rostro, no estaba de más darse un refrescón con el agua limpia y fresca del estanque. Incluso ya limpia, a Elisabel le gustaba darse un buen baño y pasar un rato en el interior del estanque.

   No vio a la rana vede-ceniza ni a ningún otro animal por las inmediaciones de la gran charca. Era normal, su cuerpo apestaría horrores, no era extraño que nadie se atreviera a salir para recibirla.

   Pasó la noche deambulando como un títere, sin rumbo fijo, sin la claridad necesaria para orientarse con sus pasos errabundos. La luna salió al cielo ya tarde, en cuarto menguante; ni siquiera se parecía ya al gran ojo de la noche, pues figuradamente, podría decirse que la habían arrancado un trozo a picotazos los infernales cuervos, tal como habían echo en ella con su ojo izquierdo, de no ser porque esos malditos odiaban la noche y jamás harían incursiones por ella nada más que para hacer lo estrictamente necesario. La noche era lo mejor para ella; pero la noche pasaría y llegaría un nuevo día que traería más problemas, traería a sus negros enemigos.

   Y, realmente, el día fue eterno, inacabable, esperando la llegada de esos bichos; pero esos malditos no vinieron. Era obvio que estaban jugando con ella, un juego psicológico, sucio y retorcido. Se sentía rabiosa, desquiciada y estaría así hasta que esas malas bestias acabasen con ella, cosa que bien pudo ocurrir al cuarto día del último encuentro. Regresaron por entonces, llenando el cielo y la tierra con una enorme masa negruzca, ruidosa e inquietante. Luego volaron sobre ella y la estuvieron observando con ojos brillantes y odiosos. Los miraba con el miedo supurando en su cuerpo; parecía que fuera a estallar de un momento a otro.

   -¿Ya estáis aquí, cerdos de mierda? –les voceó.

   -No seas mal hablada, Reina de los Pájaros, que para eso ya estamos nosotros –graznó el cuervo jefe -. Parece que ya estás muy limpita…

   Uno de ellos rugió furioso:

   -¡Había que abonarla un poco más!

   -¿Se puede saber qué diablos queréis de mí? ¿Qué conseguís con venir cada día para hacerme sufrir? ¿Acaso queréis que marche y deje este lugar para vuestro albedrío?

   -¡Oh… es una filósofa, la chica! –intervino el de las manchas blancas -.¡Te queremos a ti, idiota!

   -Eso es, ¡espantajo de mierda! –secundó el líder -. A partir de ahora no nos vas a importunar más con tus estupideces, porque vamos a dejarte más imbécil de lo que jamás hubieras soñado.

   Y, finalizadas las palabras del mandamás del grupo, dos cuervos, que parecían grandes como nubes, volaron hacia el espantapájaros, aterrizando en sus brazos en cruz y comenzaron a picotearle la cabeza tras haber roto el sombrero arratonado que la protegía. Ese mismo picoteo, constante, doloroso e interminable se fue prolongando en el tiempo. ¡Era insoportable!; terminaría volviéndose loca.

   Sin embargo, el dolor terminó de repente, como por un mágico chasquido de dedos. Eso sí, comenzó a notarse muy extraña; la visión de su único ojo se le volvió borrosa y ya no recordaba qué estaba haciendo allí, clavada en aquella cruz ni tampoco quienes eran aquellos negruzcos seres.

   -Lo tenemos, jefe –barbotó uno de los cuervos, portando en su pico una especie de gusano largo, viscoso y sanguinolento -: ¡Le hemos abierto la sesera!

   Y todos los cuervos se abalanzaron con saña manifiesta por los manjares que ocultaba aquella sesera. Disfrutaron y zamparon, y cuando hubo quedado sólo la porción del cerebro del espantapájaros indicada por el jefe, detuvieron su voraz frenesí.

   -Bien, muchachos, eso se lo dejaremos, por ahora, para que nos reconozca y sepa quiénes han sido los artífices de su imbecilidad –chilló el líder. Luego se dirigió a la chica -: ¿Qué tal, espantajo de pacotilla? ¿Te sientes más tonta que de costumbre?

   Parecía estar embriagadísima, como si flotara en algún lugar del cielo. Quizá ahora no estaba allí y todo aquello no era más que un sueño, donde no oía más que estupideces. Y quiso hablar; pero casi no podía:

   -No sé… No… ¿Quiénes sois?

   -Jefe, creo que se nos ha ido la mano. Está completamente ida; ¡la hemos dejado idiota del todo!

   El jefe rugió furioso; le fastidiaba dar la razón a sus subordinados. Y rotundo, les chilló:

   -¡Cerrarle el sombrero, no quiero que el sol le fría la el poco cerebro que le queda!

   -¿Crees que sobrevivirá, jefe? –intervino de nuevo el cuervo pelón.

   -No lo se; pero soltarla, que se esconda si quiere o siga desorientada, ¡qué más da! Mañana, si es caso, la remataremos y asunto concluido.

   -Pero, jefe, ¡eso es burlar las leyes de los espantapájaros! No podemos dejar de uno de ellos vague libremente y se exponga a la vista de cualquier ser humano.

   -¡Tienes aún menos cerebro que el espantapájaros! ¿No sabes que esa ley es exclusivamente de ellos? ¡A nosotros qué nos importa si lo ven o no! ¡Por mí como si se pierden, humanos y espantapájaros!

   Y, tras esta arenga, levantó el vuelo y todos le imitaron, yéndose de allí en un instante, dejando tras ellos sólo polvo gris en el aire y un nauseabundo olor que tardaría mucho tiempo en abandonar aquel lugar.

   Imbécil era poco para describir el estado de Elisabel. No parecía enterarse de nada de lo que la rodeaba. Tenía tal laguna en su memoria que no recordaba el nombre ni qué hacía allí. Sin embargo, y para suerte de ella, no padecía ni una pizca de dolor. Había algo en su cuerpo que sabía remendar muy bien cualquier daño o sufrimiento por grande que fuera.

   Al llegar la noche el espantapájaros pareció despertar del hipnótico letargo que lo había cautivado. Había permanecido acurrucado bajo la cruz sin moverse para nada; ahora la oscuridad le reconfortó, mostrándole instintivamente un camino a seguir, por el que ya había andado incontables ocasiones y que ahora, movido por una inercia ajena a su voluntad, tomaba. Era como un gran deseo llevado a cabo por el empujón de una mano decidida, fuerte e invisible. Y cuando llegó al estanque que tan familiar podía haberle resultado, no supo siquiera quien era aquella figura burlona que reflejaba el agua.

   Un búho llegó volando con el sigilo que les caracteriza y saludó al espantapájaros y también lo hizo al despedirse; pero Elisabel no había sido capaz de discernir lo que había ocurrido. Continuaba fijamente mirando el agua, embelesada, casi mareada, muy mareada. Se le nubló la vista y cayó al suelo, donde perdió el conocimiento.

 

 

*       *       *

 

 

   Despertó un buen rato más tarde. Estaba en una estancia de techos telarañosos y paredes con estanterías repletas de libros; por doquiera había frascos, redomas, alambiques y todo tipo de vasijas de vidrio y barro. Permanecía acostada en un mullido canapé y se incorporó al poco después de abrir los ojos. Se sentó. Estaba aturdida y preocupada. Pensó en escapar corriendo de allí, pero… ¡Era un lugar agradable! Parecía que el miedo se iba disipando.                                                                   

   De pronto, en el silencio que allí imperaba, se oyeron unos pasos y un profundo carraspeo. Una figura humana entró después. Tenía aspecto venerable, barba blanca y larga y vestía toga de Gran Hechicero. Sin duda era un mago como aquellos que le habían referido en los cuentos de su niñez, que aparecían de cuando en cuando, repartiendo hechizos y usando pócimas como las que había en aquella habitación.El hechicero

   -Hacía muchos años que no veía un espantapájaros de tu clase, Elisabel. Y además, provista de un remiendo mágico cosido por…

   Y se acercó a la chica, asiendo su chaqueta, donde ahora reposaba el remiendo y examinándolo ceñudo.

   -¡Por las barbas de todos los magos! : ¡Cosido por los mismísimos duendes del Alba! Debes ser alguien muy especial.

   Elisabel se ruborizó un poco. Hacía mucho tiempo que nadie le daba un cumplido, unas palabras halagüeñas.

   -¿Co… cómo es que sabe usted mi nombre? ¿Quién me ha traído aquí?

   -Primero, querido espantapájaros, permíteme que me presente: Mi nombre es Áramo y vivo en este viejo torreón de lo que en tiempos fue un esplendoroso castillo de las montañas. En cuanto a ti, te trajeron mis búhos en un estado verdaderamente espantoso. He tenido que emplearme a fondo para subsanar el daño que te habían hecho los cuervos. Sin embargo, puedo decirte que si estás vivo es gracias al remiendo mágico que portas en tu cuerpo.

   Elisabel miró al viejo mago con sus dos ojos ya restablecidos. Áramo tenía que ser un gran mago por haber obrado tan alta magia en su cuerpo acartonado.

   El mago se acercó al espantapájaros y se sentó a su lado.

   -Lo que sé de ti me lo ha contado un amigo que tenemos en común, que es una rana simpática del estanque de las Tierras Verdes, donde tú vives.

   Elisabel sonrió al pensar que la pequeña ranita había cumplido su promesa.

   -Es una buena amiga –se atrevió a decir -.Tengo… Tenía muy buenos amigos. Ahora, tras la aparición de los cuervos, todos se han marchado de allí. ¡Me han dejado sola!

   El mago, tras permanecer un instante dubitativo, apostillo:

   -Hay que solucionar el problema que tienes con esos seres.

   -Sí. Pero, ¿qué puedo hacer yo? ¡Si hasta se me han comido el cerebro!

   -Bueno, bueno, eso ya está solucionado. El poder de tu traje de espantapájaros está creciendo día a día. Realmente podrás hacer muchas cosas con sólo encender tu deseo en la mente. La magia actuará por ti, Elisabel; sólo deberás aprender a apretar el interruptor para que funcione tu mágico mecanismo. Ya tienes tu cerebro intacto, tu ojo brillante y remozada tu maltrecha moral -. Sin embargo, ahora pueden venir más problemas cuando los cuervos comprueben que vuelves a estar completa y sin daño alguno. No podemos prever cual será su reacción; pero creo que no va a ser nada buena.

   Elisabel lo miró, entre esperanzada y confundida:

   -Si el poder de mi traje está creciendo, igual los malditos cuervos ya no pueden hacerme nada.

   -El poder de tu traje ha crecido mucho, pero creo que todavía no podría deshacer un ataque de furia de todos los cuervos del mundo contra ti. Y eso puede ocurrir cuando comprueben que estás bien y que has desatado los nudos de maldad y dolor que te habían ceñido.

   De nuevo se hizo el silencio en la sala, y el mago Áramo pareció entrar en devaneo, pues comenzó a caminar cabizbajo y murmurador. Consultó, asimismo, unos almanaques e hizo cálculos matemáticos sobre una pizarra, como para corroborar una idea preconcebida. Y algo debió pescar con su agudo anzuelo de genio en todo aquel mar de líos. Luego miró a la chica:

   -Supongo que tendría que convertirte en un gran mago; pero para ello se necesita mucho tiempo y sólo disponemos de dos horas hasta la salida del sol.

   -Sin embargo, usted sí es un gran mago, ¿no? Me gustaría que los convirtiera en boñigas como ellos hicieron conmigo, pero para siempre.

   -Lo siento, espantapájaros, así no son las cosas. El respeto que te profesen los demás deberás granjearlo tú mismo. Con mi colaboración sólo conseguiríamos la notoriedad de tu cobardía, que se esparciría a los cuatro vientos como una fugaz antorcha encendida. Faltaría el tiempo para que alguien se prestara a ensañarse con ese espantapájaros que se guarda bajo las faldas de la toga de un mago.

   -Entonces, creo estar perdida… -dijo, apesadumbrada.

   -No, no hay nada perdido. Deberás ser más paciente. He dicho que voy a convertirte en mago y en un mago te convertiré, aunque sólo sea en fachada. El caso es que no puede fallarnos este plan, pues los cuervos no perdonan a quienes se mofan de ellos –y se acercó más al espantapájaros, como si temiera que alguien pudiera oír lo que iba a decirle -: Escucha, y hazlo con atención…

 

 

*       *       *

 

 

   Cuando el sol asomaba su refulgente aureola por el horizonte del este, Elisabel ya estaba colocada en su parapeto de espantapájaros. Ahora recordaba todo con transparencia absoluta. El mago había hecho un buen trabajo de reparación en su cuerpo. Estaba dispuesta y en guardia para recibir a las inmundicias negras.

   ¿Y si no venían?

   A Elisabel le sacudió un zigzagueante escalofrío su pequeño cuerpo. ¿Qué pasaría si los cuervos tardaban, como en otras ocasiones, tres o cuatro días en volver? Agachó la cabeza y se cubrió de pesares. Parecía que el mundo se le venía encima. Pero, de pronto, recordó: Tenían que venir a rematar su obra. Sí. No creía que ellos dejaran una cosa a medias. Pero…

   Dieron las diez de la mañana y ni rastro de ellos.

   A las once, nada.

   Cercanas ya las doce del mediodía y cuando Elisabel lo daba todo por perdido, apareció una inmensa nube negra en lontananza. La sombra estruendosa y amenazadora de los cuervos llegó en un parpadeo del tiempo.

   -¿Cómo se encuentra nuestra masoquista preferida? –gruñó el líder con aire superlativo -. ¿Sorprendida por la rapidez de nuestra vuelta?

   Elisabel no dijo nada.

   -Pensabas que te daríamos larga tregua, ¿verdad? De nada te servirá acurrucarte lejos de nuestra mirada, al final siempre te encontramos en el mismo sitio, ¡descerebrada! –escupió otro de ellos.

   Debería faltar muy poco para las doce del mediodía, era menester emprender el ardid ideado por el mago Áramo para que surtiera el efecto deseado. Así pues, alzó la cabeza, sonrió lo más irónicamente que pudo y les espetó:

   -Sabía que volveríais hoy para comprobar los restos de mí que dejasteis ayer, ¡capullos!

   Se deslizó un susurro dubitativo en el aire respirado por los cuervos. Era extraño que una descerebrada hablara y se explicara con tanta elocuencia.

   -¿Qué pasa, estáis sorprendidos? ¿Algo os ha fallado en las chapuzas que hacéis?

   -¿Cómo… cómo es posible…? Ayer ni siquiera hilvanabas dos sílabas seguidas, y hoy eres locuaz y coherente. ¿Y quién… quien de todos los demonios, te ha puesto un nuevo ojo? –balbuceó, anonadado el líder.

   Y Elisabel dio otra carcajada sardónica:

   -Soy un espantapájaros mágico. ¡Soy un gran mago!

   ¿Un gran mago…? La hilaridad regresó al grupo y todos rieron de lo lindo aquellas palabras.

   -¡A ver, pelleja, sácanos un conejo del sombrero! –gritó uno de ellos, muy ocurrente.

   Y volvieron a oírse multitud de risas babeantes.

   -Reíros, que pronto vuestras risas se tornarán en llantos –rugió Elisabel, furiosa.

   -Espero que no nos vayas a hacer mucho daño con tu magia, querida –vociferó el de las manchas blancas.

   -¿Acaso no os sorprende mi milagrosa curación? –anunció ella con cierto énfasis de misterio.

   La verdad, sorprender sí sorprendía.

   -¿No deberíais temer siquiera un poco al poder que ha hecho posible este milagro? –volvió a apostillar.

   Mutismo absoluto.

   -Pues voy a hablaros de algo que sí teméis: ¡De la noche!

   -¿Hablarnos de la noche…? ¡Ni la mientes siquiera! –gritaron a coro.

   -Sí, de la negra y obscura noche que enraíza sus espinas en vuestros corazones y que vendrá ahora, a mi llamada…

   Elisabel se calló un momento para observar el calado de sus palabras en la dura mollera de los cuervos. Estos, por un momento, cuchichearon nerviosos, formado un incipiente murmullo que finalizó acallando la preocupación general.

   -Pretendes asustarnos, ¿verdad?, y que nos vayamos –inquirió uno de ellos -. ¡Ya nos tienes hartos! ¡Volveremos a picotearte la sesera y esta vez no te dejaremos nada en ella!

   Elisabel miró al cielo y vio el sol: Era la hora señalada por el mago Áramo.

   -Bien. Como no creéis en mis palabras habrá que pasar a los hechos –y soltó sus brazos de la cruz y comenzó a hacer grandes aspavientos. Mirando al cielo, gritó -: ¡Qué la boca de la oscuridad devore y apague la luz del sol!

   Y esta vez las carcajadas sonaron como un trueno que tembló en todas direcciones. Rieron como locos y como nunca antes lo habían hecho, hasta que uno de ellos reparó en algo que estaba ocurriendo en el cielo:

   -Mirad, ¡el sol está desapareciendo!

   Y todos lo vieron, ciertamente. El sol desaparecía, engullido por una boca negra que en realidad era la luna. La conjunción se estaba cumpliendo; el eclipse de sol que el mago Áramo había estudiado en los almanaques astronómicos estaba proyectando un efecto demoledor en los cuervos, que se movían de un lado a otro, temerosos. Cuando el sol se ocultó del todo la oscuridad anegó Tierras Verdes y un miedo indecible los invadió por completo.

   -¡Aquí tenéis el poder de mi magia! Y no sólo veréis la noche sino a las más espeluznantes criaturas que la habitan.

   Los cuervos, fuertes y de empaque solemne por el día, yacían amilanados y apiñados los unos contra los otros como temblorosos pollitos.

   A la sazón se escuchó el canto de un búho, sin duda desconcertado por lo que estaba ocurriendo, al tiempo que le contestó el chillido lacerante y desgarrador de una lechuza.

   Los cuervos quedaron de piedra por el horror, sólo sus plumas se atrevían a erizarse como si estuvieran vivas.

   -¿Oís a las alimañas de la noche? –les gritó el espantapájaros -. Ahora vendrán y os harán aquello que a vosotros tanto os gusta hacer: ¡Os sacarán los ojos!

   -¿Qué hacemos, jefe? ¡Estoy que me cago! –habló uno de los temblorosos cuervos.

   -¡Vayámonos de aquí! ¡La cosa se está poniendo fea! –ordenó éste.

   -Marcharos, sí. ¡Y no volváis nunca o pereceréis todos! Iros lejos y ordenaré a las sombras que liberen al sol –les gritó como una loca, a fin de que sus palabras rodaran hasta los oídos de las aves.

   -Tú ganas, mago espantapájaros. Nos iremos y no volveremos. Pero debes cumplir tu promesa y liberar la luz del sol –graznó el líder, alzando el vuelo y llevándose a todos sus secuaces tras él.

   El sol, evidentemente, quedó libre de la presencia lunar al poco y todo regresó a la normalidad. Los cuervos no volvieron a aparecer más por allí. En cuanto a los pájaros, regresaron a los pocos días, pues la noticia de la huida de los cuervos corrió como la pólvora por los cuatro puntos cardinales.

 

 

*        *        *

 

 

     Elisabel había sido un buen espantapájaros, pero de eso ya hace mucho tiempo, ahora, digamos, que ya estaba “jubilada” de ese cargo. Había guardado su traje de espantapájaros en el fondo de un viejo baúl y así había perdido su magia. Bueno, no toda, digamos que aún le quedaba el 10% de lo que había poseído. Era sólo un rescoldo de la gran hoguera de magia que había ardido en su interior; pero, por ejemplo aún podía comprender y hablar con los pájaros. Ahora era ya una ancianita, que la encantaba pasear por el campo con su perro Truhán. Sí, cuando empacó el traje con su mágico remiendo volvió a hacer vida urbana y retomó sus estudios de Derecho, logrando licenciarse sin muchos problemas. Con el periodismo prefirió pasarlo por alto; a su edad, con una carrera que nunca iba a ejercer, tenía de sobra, y su ego ya estaba pletórico. Así que no tardó mucho en volver de nuevo al campo, a los paseos por los viejos caminos de polvo y piedras y a la quietud de las noches estivales en el porche de su cabaña de madera, en el mismo porche donde un día encontrara a un pastor alemán metidito en una cesta, que alguien había enviado y que nunca supo quién, sin duda una vieja amistad.

   En el campo, el tiempo era muy dilatado, inacabable casi y Elisabel pasaba gran parte de él pensando: Ya era viejecita. No es que tuviera problemas económicos, pues disponía de la herencia de sus padres, ya que fue hija única; pero, a veces, se ponía mohína pensando en que el tiempo de su reloj se iba agotando, que no tardaría en caer el último grano de arena, en disfrutar del último sueño tenido, de estar aquí el último día vivido. Sí, estaba en la edad de la frontera; más allá estaba la muerte y pronto la llamaría. Era ley de vida, eso lo tenía muy asumido, y era una obviedad; pero a veces se preguntaba cómo… cómo moriría. ¡Vaya preguntita! A veces se la hacía, consciente o inconscientemente. Era su gran pregunta, aunque nunca nadie le hubiera contestado.

   A excepción de estos esporádicos ratos de tremendistas cábalas, solía estar arropada de optimismo, la pirraba perderse por el campo, fundirse con la naturaleza, como ocurrió aquella templada tarde de otoño cuando, caminando con su perro, fue a perderse demasiado lejos, hasta un paraje que, por un momento, le resultó familiar.

   Demasiado familiar.

   Allí se alzaba, como un gigante al viento, el enorme roble que había tenido el espantapájaros de compañero durante muchísimo tiempo, el roble muerto pero embalsamado para la eternidad. Aquel paraje había cambiado visiblemente y ahora no había sembrados; pero al pie del roble estaba la peana de madera. En todo esto reparó Elisabel y, por un momento, le vinieron a la cabeza los buenos y malos momentos que había pasado allí, la vida de magia y misterio que había tenido en aquel lugar.

   -Mira, Truhán: aquí era mi sitio –le mostró orgullosa a su perro, señalando la peana donde un día estuvo la cruz de madera que había soportado su cuerpo -. Aquí pasé mucho tiempo de mi vida.

   Truhán ladró.

   Ella seguía ensimismada, mirando la peana y recordando las cosas de su pasado.

   Truhán volvió a ladrar, y esta vez ladró furioso.

   -¿Qué te pasa ahora, Truhán? –le preguntó nerviosa, pues rara vez su perro se ponía así de alterado.

   El perro, ahora ladraba hacia el viejo roble y Elisabel, al percatarse, dirigió su mirada hacia el árbol.

   ¡Allí estaba…! La retina de sus ojos se lo dibujó con toda la fidelidad en su mente: Era un gran cuervo, negro como el carbón, quien se hallaba sobre una de las ramas del árbol esqueleto.                                                                          El roble y el cuervo

   -¡Qué diablos…! –balbució la anciana, poniendo los ojos grandes como globos y relampagueando en su mente, en una fracción de segundo, todas las pesadillas que había sufrido muchos años atrás.

   -No soy ningún diablo…, aunque casi. Soy un mensajero que en mis genes llevo el mensaje de mis generaciones pasadas. Y ahora vengo para revelarte ese gran mensaje: ¡Nosotros somos la respuesta que a tu gran pregunta, Elisabel!

   A la pequeña anciana le recorrió un fantasmagórico escalofrío la espina dorsal tras escuchar las palabras del cuervo. Creo que hasta su corazón había dejado de funcionar.

   El perro seguía ladrando, enloquecido.

   -Ahora debo irme, Elisabel. Te dejo para que rumies mis palabras. Pronto volveremos, ya sabes…

   Y el negro cuervo se esfumó en el viento.

   Fueron pasando los minutos y Elisabel parecía que iba saliendo de su estado de congelación de los sentidos. ¡Dios mío! ¿Era posible que el fin de sus días estuviera en la disposición de esas malas bestias? No, no podía ser, no podía estar ocurriendo aquello.

   Pero, por si acaso, por si no era un sueño y los cuervos hacían lo que le habían revelado, tenía que actuar, tomar la delantera; verlos venir y estar preparada. ¡Y sólo había una manera!

   -Sí. Iré a casa y me pondré el traje de espantapájaros y la magia volverá a mí. El espantapájaros me sacará de esta pesadilla. Volveré a ser como antes, rejuveneceré, me volveré insufrible, impertérrita, imperecedera… Vayámonos, truhán, el espantapájaros me ayudará.

 

 

 

 

 

Autor: J. Francisco Mielgo

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